LA DANZA DE LA REALIDAD En esta ocasión, y a raíz de las impresiones que me ha provocado mi reciente ruta por el sur de España, me gustaría reflexionar sobre la importancia y la necesidad de buscar y encontrar en la vida esos momentos mágicos de felicidad en los que nos sentimos dueños de nosotros mismos. Como ya comentamos en la segunda entrega de esta sección, el viaje es un proceso de conocimiento indispensable para el ser humano. El cambio que provoca la ruptura con lo rutinario hace que nos sumerjamos en una realidad diferente. Dejamos atrás las horas prefijadas de sueño y nutrición, nos encontramos con nuevas situaciones y colocamos entre paréntesis la ligazón física y psicológica que nos produce el trabajo, la familia, la pareja y las tareas domésticas. Si nos alejamos de la ficticia y turística concepción de las vacaciones como un mero entretenimiento ocioso, consumista y desestresante y somos capaces de pensar el viaje como una aventura, como el inicio de un camino nuevo donde todo es posible, se abrirá delante nuestro un mundo mágico y maravilloso lleno de oportunidades para evolucionar. En ese espacio aparece una vida nueva, un mundo donde los prejuicios que tiene uno consigo mismo y con el Otro no existen, una transformación del punto de vista personal que nos permite sentir cada instante del trayecto como si fuera el último. Dificultad, sufrimiento, trabajo y esfuerzo se combinan con la alegría de vivir que supone la atención constante a nuestros pasos, la irremediable apertura a los demás y la libertad que produce el saber que todo lo que necesitas para vivir lo llevas sobre la espalda, para hacer de todo ello una experiencia interior revolucionaria que nos cambiará y nos dará pistas para seguir mejorando en nuestra “vida real”. Aunque yo creo fehacientemente que la vida de allí, la de la circunstancia efímera, la del viaje, es mucho más real y verdadera que la familiar, monótona, modelada, institucional, legal, empobrecida, interesada, banal y superficial vida de aquí. Aunque si reflexionamos un poco nos daremos cuenta que estas son las dos caras de una misma moneda, la de la existencia. Y aquí entra lo que os quería explicar. A lo largo de mi extraño y desacompasado viaje por el sur de España, he logrado percibir, intuir, notar la sensación que supone estar en conexión con esa otra realidad, mucho más intensa, mucho más palpable, mucho más real que mi vida en Barcelona. Aunque solo fuera por unos instantes me sentí bien conmigo mismo, inundado por una felicidad y una impresión de libertad que hacía tiempo no sentía. Yo, mi mochila y un poco de dinero era lo único que necesitaba para vivir, y no influía para nada en esta percepción el hecho de saber que mi escapada iba a durar tan solo unos días, me embargaba la seguridad y la certidumbre de que era posible seguir caminando eternamente. ¡Qué sensación más placentera! Junto a mis compañeros recorrí una buena cantidad de kilómetros. De la ciudad condal a la capital de ESPAÑA nos topamos con el primer viernes de las fiestas patronales de un minúsculo pueblo llamado Inogés, cerca de Calatayud. No esperábamos encontrar a nadie cuando enfilábamos las pronunciadas curvas de la carretera semiasfaltada que llevaba al pueblo, pero de forma súbita hizo acto de presencia una hilera de coches aparcados en batería y una inapreciable música de fondo. La seguimos como si fuéramos las ratas del flautista de Hamelín y las notas se fueron haciendo cada vez más palpables hasta que de repente…. gente en la plaza mayor del pueblo, orquesta tradicional de verano, go-gos, combinados a tres euros y medio y toda la noche por delante… Apretamos bien los dedos de los pies para que nuestras chanclas no salieran disparadas y nos pusimos a beber y a bailar con las mozas del lugar como posesos. Y finalmente, como en toda fiesta popular que se precie, los foráneos, los extranjeros, los pixapins, nosotros, salimos por patas del pueblo a las ocho de la mañana, perseguidos por una miríada de aldeanos colgados que querían conseguir a toda costa nuestras cabezas. Acabamos durmiendo tirados en un prado, con un calor insoportable y rodeados por una legión de moscas que se dedicaban a comer insistentemente y con regocijo cada centímetro de nuestro cuerpo. Yo concretamente me levanté sobre dos piedras y habiendo perdido la capacidad humana de tragar. Sin agua, sin comida y, por un momento sin ganas de seguir existiendo corrimos hacia una fuente cercana para beber, asearnos y continuar nuestro camino. Tras hacer una fugaz parada resacosa en Madrid, bañarnos en una piscina situada en el ático de un edificio lleno de homosexuales, y comernos un bocata de calamares en la Plaza Mayor, proseguimos con nuestra aventura andalusí. En no muchas horas llegamos a la que sería nuestra próxima parada: Granada. Aquí empezaba un nuevo viaje ya que nuestro transporte motorizado nos abandonaba para continuar su camino hacia el continente negro y ahora había que cargarse la mochila al hombro y seguir el camino a pie. ¡Qué maravillosa ciudad Granada! Todo lo de allí me fascinó sobremanera. ¡Qué tranquilidad! ¡Qué manera tan poética de vivir! Entre tapa y tapa y al amparo de dos maravillosos anfitriones transcurrió la tarde. A pesar de arrastrar las secuelas físicas de nuestro paso por Inogés, correteamos largas horas por la ciudad y a cada paso que dábamos más y más hechizados por todo lo que nos rodeaba quedábamos. El mundo mágico y resplandeciente del medioevo musulmán hacía que nuestros sentidos se agudizarán, que cada mirada, cada olor, cada cerveza, se tornaran únicos e irrepetibles. Empezamos con una visita a las diferentes barriadas de la ciudad, ascendimos por las estrechas e imbricadas calles del Albaicín hasta dar con la imponente fortificación pétrea y los descomunales jardines de la Alhambra y dejando atrás el edén moro tomamos un autobús que ascendía de forma kamikaze hasta las engalanadas cuevas del Sacromonte. Gracias a la blanca calma que sentimos al sentarnos a la vera de esas antiguas viviendas y al sustento energético de una tapa de choped y un quinto de alhambra en la terracita clandestina de un gitano andaluz, pudimos proseguir nuestro empinado camino. Completamos el tour recorriendo las ornamentadas tiendas de souvenirs de un pequeño y acogedor barrio musulmán, tomando un batido de frutas en lo más profundo de una tetería árabe y con la impresionante vista, al sostén del mirador de San Nicolás, de la octava maravilla del mundo de noche y con música en directo. ¡Espectacular! Al caer la madrugada, extasiado por el agotamiento y la sensación onírica de pasear por las calles de esta ciudad medio árabe medio cristiana, me fui a la cama con la indiscutible sensación de haber visitado uno de los lugares más hermosos de la tierra y de haber vivido uno de los mejores días de mi vida. Y todo esto fue debido, en gran parte, a la extraordinaria hospitalidad brindada por el amigo Rubén y su hermosa pareja, que nos acogieron en su casa y cambiaron sus planes para mostrarnos con natural alegría la esencia de Granada y sus gentes. A personas como vosotros os debo el seguir manteniendo mi escasa fe en la humanidad, gracias de todo corazón. Al día siguiente y después de despedirnos de nuestros amigos, nos dirigimos hacia la estación de autobuses de la ciudad pera comprar el billete para nuestro nuevo destino: Málaga. Al llegar a la nueva ciudad nos quedamos un poco sorprendidos. La imagen íntima de Granada, de sus callejuelas y de sus pequeñas casitas, permanecía todavía inalterable en nuestra retina y se contraponía de forma drástica con el paisaje que observábamos al instante de bajar del autobús. Edificios grandes y feos, turistas alemanes con chancleta y calcetín y un ambiente urbano muy cargado. Una incipiente tristeza y añoranza de nuestros días pasados empezó a hacer mella en nosotros, pero pronto nos sentamos en la terraza de un bar y entre cerveza y cerveza, entre risa y risa, nuestra angustia empezó a disminuir. Tras colarnos en la plaza de la Malagueta y ver como un diestro novel terminaba su faena con el primer toro de la tarde, contactamos con un amigo Erasmus de Maki que vivía en la ciudad y éste, muy amable, decidió acompañarnos durante el resto de nuestra estancia en la city. Nos encontramos con él en la playa, donde estuvimos descansando un rato y al caer la noche nos fuimos todos a cenar a una terraza del centro donde servían una papas rellenas para chuparse los dedos. Seguidamente y con la fuerza recuperada nos dirigimos de nuevo a la playa y le dimos la bienvenida a la madrugada rodeados de gente joven, vasos de plástico, bolsas de hielo y botellas vacías de whisky… Esa noche la pasamos al raso. Yo empeñado en no dormir en la playa, empecé a caminar hacia una montaña llena de pinos que en un principio no me pareció estar tan alejada como en realidad estaba. Lo que en un principio iba a ser una heroica escalada en busca de un paraíso de sombra donde poder pegar ojo, se convirtió en una triste y deplorable odisea que otro día, si tengo ganas, ya os explicaré. Por ahora me la guardo para mí y sigo con la historia del viaje. La mañana siguiente resultaría crucial. Era el día en que mis compañeros y yo debíamos separarnos. Ellos proseguían su camino hacia el sur, hacia Algeciras, donde les esperaba un ferry que les permitiría cruzar el estrecho y encontrarse de bruces con la aventura de un nuevo continente. Yo me quedaba solo. En tres días tenía que estar en Zaragoza, pero hasta entonces disponía de tiempo para dirigirme a donde a mi me pareciera, para hacer lo que me viniera en gana, para enfrentarme, por segunda vez en mi vida, al reto de viajar en soledad. Una mochila en la espalda y ganas de seguir andando ero lo único que necesitaba. Aquí empezó el verdadero viaje. Tras una inolvidable comida de marisco y vino blanco en una taberna malagueña dejé a mis amigos ante la central de autobuses. Nos despedimos efusivamente e intercambiamos abrazos sinceros y miradas cómplices de esas que solo los compañeros de ruta saben qué quieren decir. Sabíamos que a cada uno de nosotros, ahora por separado, seguían aguardándonos grandes aventuras… Con gesto decidido y sin mirar atrás me dirigí hacia la central de autobuses, me senté en un banco delante de las taquillas, abrí el mapa de España que llevaba en la bolsa y me dispuse a decidir cuál seria mi próximo destino. Cádiz no me iba de paso, Sevilla todavía menos, además que el calor allí a siete de Agosto podía ser para morirse y a Córdoba no valía la pena ir teniendo tan solo dos días para visitarla. Pero siguiendo la costa dirección este se me abría el frente de una ciudad que me llamaba sobremanera la atención y a la que nunca, hasta entonces, me había planteado visitar. Y para colmo, al ladito justo de la ciudad se dibujaba imponente en el mapa una zona de costa muy famosa y declarada recientemente parque natural; me estoy refiriendo indudablemente a Almería y a su Cabo de Gata. Por eso, y sin pensármelo dos veces me levante, solté la pasta a la taquillera y conseguí un billete, solo de ida, con destino a esa ciudad inédita para mi. El autobús que llegaba de forma directa no salía hasta al cabo de tres horas, así que me subí a uno que iría haciendo paradas en varios pueblos costeros antes de llegar al destino fijado. Una vez mostradas las credenciales al empanado conductor del vehículo que me serviría de transporte en las próximas horas, penetré en el transitado pasillo de asientos y fui avanzando butaca tras butaca sin saber exactamente dónde sentarme. Mis superficiales dudas se disiparon tras contemplar delante de mis narices la visión celestial de una joven dama ataviada con un largo vestido blanco impecable y aromatizada con un perfume que suponía para mí el olor más agradable que había percibido en cuatro días de viaje. Con un movimiento disimulado y como quien no quiere la cosa coloqué mi sucio trasero en el asiento colindante al suyo. Mi destartalada barba, mi ropa roñosa, mis negros pies y el hedor que desprendía mi cuerpo después de dos días sin ducharme y habiendo dormido al raso la noche antes se contraponía con la finura de la chica, con su morena piel, con su lisa y atendida cabellera y con el impoluto y probablemente recién puesto sujetador rojo que asomaba por el vertiginoso escote de su ibicenco ropaje. Así que callé, abrí el libro que llevaba e intenté leer algunas páginas mientras el bus arrancaba y empezaba a quemar los primeros kilómetros. Mis ojos estaban sobre las líneas de las satinadas páginas de Recuerdos, sueños y pensamientos, pero mi mente estaba en otro lado. Reflexioné unos instantes sobre mi situación: solo, con la ropa y el dinero justo, proveniente de una ruta por la Granda profunda y las playas de pescadito frito de la Málaga City, sin apenas haber dormido nada y dentro de un autobús de línea que me llevaba a una ciudad donde no conocía ni a Dios. Me di cuenta que había iniciado mi propia aventura, un cortito aunque intenso viaje iniciativo con un destino y un porvenir indeterminado. Me noté ligero y de muy buen humor y empezó a apoderarse de mi una embriaguez extraordinaria, un sensación de bienestar y de paz interior que hacía tiempo no percibía. Sentí en ese momento y en esa situación que, por vez primera, era dueño de mi propia vida. Camino a una ciudad dónde no sabía lo que me esperaba, percibía la libertad en cada célula de mi cuerpo, la incertidumbre de no saber cual iba a ser mi próximo paso me resultaba inquietante y esto hacía que le prestase atención a cada segundo que pasaba, a cada sensación que me asaltaba, a cada acontecimiento que tenía lugar a mi alrededor. Sin ningún equipaje más que la bolsa que descansaba en el maletero del coche, sin más metas que el camino que estaba recorriendo en soledad, Yo era Yo, conectado sutilmente con el universo insondable me sentía bien conmigo mismo y notaba en lo más profundo de mi alma la alegría de vivir. En ese momento, en ese instante, en ese lugar del sur de España, todo era posible. No tardé en cerrar el libro y centrarme en las sensaciones que me embargaban. Y tampoco tardé mucho tiempo en inventarme una estratagema para dirigirle unas palabras a mi compañera de butaca. Realizando una mis mejores artimañas logré abrir la veda de la conversación y desde aquél instante no paramos de explicarnos trocitos de nuestras respectivas vidas durante el largo tiempo que duró el trayecto. Lo que nos dijimos me lo guardo para mí. Cuando quedaban aún unos cuantos kilómetros y aprovechando una parada que hicimos para descansar, ella, de forma súbita y sorprendente para mí, se cambió de asiento. No se que le pasó por la cabeza en aquél instante pero no me volvió a mirar ni a dirigir la palabra hasta que llegamos a Almería. Una vez en la parada, se bajó del bus rápidamente y me dijo adiós casi de refilón, como si tuviera prisa por dejar de verme y reencontrarse con una pareja de mediana edad que parecían ser sus padres y que le esperaban en el andén de la estación. A lo único que me dio tiempo al bajar del bus fue a mandarle un saludo desde la lejanía que ella me respondió con una última sonrisa cómplice y disimulada mientras se alejaba de la parada junto a sus familiares. En fin, todo quedó en nada pero la verdad es que gracias a ella el viaje se me hizo más corto… Recuperé mi maleta, me estiré y me compré una botella de agua con el fin de rehidratarme y recuperar fuerzas después del largo trayecto. Debía ponerme las pilas y decidir cual sería mi próximo paso. Mi idea era coger otro autobús que me dejara cerca de San José, lugar cercano al Cabo de Gata dónde, según me había contado la chica de blanco, abundaban infinidad de calas de difícil acceso dónde la gente acampaba y pasaba la noche. La idea de llegar allí, buscar una calita escondida y pasar la noche al calor de la música de un djembé tocado por algún hijo de las flores, me cautivaba. Así que fui a la taquilla con la disposición de comprar un billete hacia allí, pero me dijeron que el último transporte motorizado hacia la zona había salido hacía media hora y que hasta el día siguiente no podía alcanzar mi destino a no ser que pagara los cuarenta euros que costaban los taxis que aguardaban pacientes en la puerta de la estación. Decepcionado y en un arrebato de superioridad le pregunté a la dependienta que me señalara físicamente y en el acto la dirección cardinal en la que quedaba ubicada la zona. Me dijo que estaba al noroeste pero que había una distancia aproximada de cuarenta kilómetros. Yo, embriagado todavía por mi nueva vida de aventurero, guardé las chanclas en la bolsa y saqué las bambas con la descabellada idea de empezar a andar hacía mi nuevo destino y encontrar una zona más o menos propicia dónde poder extender mi mano y mi dedo y esperar a que algún amable camionero me concediera un lugar en el harapiento asiento de su coche. Y así lo hice, empecé a andar y a hacer dedo y en un momento determinado del camino, ya en las afueras de la ciudad, me di cuenta que de noche, en la zona que estaba y con las pintas que llevaba no me pararía ni Cristo. Así que un tanto entristecido decidí que lo mejor sería hacer un alto en el primer bar que encontrase, comer algo y replantearme la situación. Pasaron algunos minutos y encontré una taberna de tapas que poseía una agradable terracita, me pedí una cerveza y me senté en una de las mesas de fuera. ¿Qué demonios iba a hacer entonces? Ya era tarde y estaba solo, perdido en aquella ciudad y sin tener ningún sitio para pasar la noche. Entablé conversación con un simpático camarero al que creo que le daba algo de pena y me dijo que dentro de la ciudad habían algunos hostales dónde podía preguntar por habitaciones. Por si acaso también me hizo un repaso de los lugares de copas más emblemáticos de Almería, por si en vez de descansar en una cama con sábanas limpias me apetecía acabar durmiendo encima de una mugrienta barra de bar. La cosa no pintaba muy bien, pero a medida que me iba cascando cañas y me iba infando a tapas, mi estado de ánimo mejoraba. Sentía que debía adaptarme a la nueva situación y buscar una solución rápida y eficaz que me permitiera sortear la contingencia. Recordé, una vez más, que el universo seguía estando conmigo, así que cogí el teléfono móvil y empecé a mandar mensajes a mansalva con la idea de que alguien me diera una pista de lo que poder hacer en esa ciudad desconocida por mi. Y, una vez más, sonó la flauta… A través de Maki y Mixu, que en aquél preciso momento estaban cruzando el estrecho en un destartalado ferry, logré ponerme en contacto con una chica Erasmus que estaba en la ciudad visitando a una amiga suya. Con todo el morro y con la ayuda inestimable de la enésima caña la llamé y le dije algo así como que estaba solito en la ciudad y que necesitaba que alguien me aconsejara algún lugar donde poder pasar la noche. Y entre pitos y flautas, risa y compasión, acabé citándome con ella y su amiga en un pub inglés del centro llamado Nomi Malone. Pagué mi cuenta en el local de tapas, me despedí del camarero y empecé a caminar hacia el epicentro de Almería. Me encontré con mis nuevas dos amigas, nos presentamos y en menos de lo que canta un gallo estaba repartiéndome un cachi de vino y moras con ellas y con dos amigos suyos en un garito en el que ponían, una tras otra, canciones míticas de los ochenta. Esta situación, en un inicio surrealista, se torno un momento muy agradable y extrañamente familiar. Yo les contaba mis historias, mi viaje, mis circunstancias, mi vida… y ellos me contaban la suyas. Me volvía a sentir bien conmigo mismo, una vez más la embriaguez de la conciencia del momento me volvía a transportar al ahora. Le puse buena cara a la vida, replante mis problemas eventuales con humor y con una apertura de mente inusual en mi y, de nuevo, todo me volvió a salir rodado. En ese estado de gracia, creedme, no puede ser de otra manera. Estos dos días que pasé en Almería fueron inolvidables. Mis amigos me hicieron sentir como en mi propia casa, me enseñaron algunos de los locales de ambiente más underground de la ciudad, muy a mi estilo, me invitaron a beber y a comer y me permitieron descansar, ducharme y dormir entre las cuatro paredes de un acogedor apartamento andaluz. Se vinieron conmigo el día siguiente a San José donde pasamos un día de lujo. Pude ver, cerca de la zona del Cabo, algunas de las playas más bonitas que he visto en mi vida. La visión de formaciones volcánicas sumergiéndose en las profundidades del mar, la arena negra y fina, el agua cristalina y el sol del sur tostándote la piel suponía un goce extremo para mis sentidos. Pese a la gente, la serenidad que desprendían aquellas playas era sobrecogedora, te transportaba a un mundo onírico donde el tiempo se paraba irremediablemente y donde el sonido de las olas rompiendo contra los majestuosos acantilados de oscura tez era lo único que te era permitido oír. Es difícil describir la mágica sensación que me sobrecogía en aquellos momentos, todo era perfecto, y lo que resultaba mejor todavía era poder compartir aquellas sensaciones con mis encantadores nuevos amigos. Gracias a Julia, Piquero y Che, en mi memoria permanecen recuerdos imborrables de aquellos magníficos días. Mi llamada impertinente a Julia y mi posterior encuentro con ella delante de un bar con nombre de showgirl me permitió la entrada por la puerta grande a la ciudad. Mi increíble día de playa con el asturiano Piquero en un edén andaluz lleno de arena negra y agua salada nos sirvió para abrirnos, de hombre a hombre, y confesamos algún que otro pecado cometido en nuestras vidas. Y como no, esa última y sincera conversación a contrarreloj con Che, compartiendo una botella de vino peleón y dejando entrever uno y otro, sin miedo y de forma natural, retazos de nuestras incomprendidas, solitarias, introvertidas y similares almas. Guardo con cariño y con ganas de trasladar a la Mula tus recomendaciones cinematográficas y me quedo con la sensación de que en mi última noche en Almería me reí un ratito junto a una persona buena y verdadera. Gracias a ti, a Julia y a Piquero, por enseñarme buenos modales, por dejarme compartir vuestras vidas y por trasladarme vuestras ganas de vivir. Espero reencontraros en algún instante de mi vida. Que lástima que a la media noche, a la hora de las brujas, saliera el autobús que tenía que llevarme de nuevo a la capital de España. Así, continuaba mi viaje… En efecto, esa misma mañana, a la vez que compraba el billete para San José, me planteé que sería buena idea el marchar esa misma noche hacia el norte con vistas de estar al día siguiente en Zaragoza. Por eso, y con el objetivo de pasarme las siete horas de viaje que separaban Almería de Madrid sobando, decidí adquirir el ticket de autobús de las 00h de ese mismo día. Así que por la noche, después de la cena y al mismo tiempo que el reloj de la estación juntaba sus dos varillas en la posición más vertical que se le conoce, me despedí de Che, dejé mi mochila en el maletero del vehículo y tomé asiento en mi nueva butaca de fieltro sintético. Emprendía así la recta final de mi ruta… El largo trayecto nocturno transcurrió sin ningún hecho que destacar. Con los ojos medio cerrados y con un ligero pero punzante dolor en cada músculo de mi cuerpo llegué a Madrid. Allí tenía que cambiar de estación, así que con la ayuda del publicitado metro de la ciudad me planté en un momento en las nuevas taquillas y compré un billete con destino a Zaragoza. Tras colmar la distancia que separaba la zona de venta de tickets del lugar donde estaba aparcado el bus que debía llevarme a tierras aragonesas, me dispuse a hacer acopio de víveres para el camino y a aguardar la hora de la salida. A las nueve de la mañana el vehículo arrancaba y yo, apalancado en mi nuevo asiento, empecé a tomar conciencia de que aquella aventura en soledad estaba llegando a su fin. En Zaragoza me esperaban los que serían mis nuevos compañeros de fatiga durante los próximos cuatro días. Un equipo improvisado que debía dar la cara en un torneo comarcal de fútbol sala organizado en un pueblo perdido a cuarenta kilómetros al sur de la capital maña y en el que estábamos inscritos desde hacía unos cuantos meses. Este último trayecto se me hizo algo pesado, tenía ganas de llegar a mi destino y reencontrarme con mis amigos, descansar un poco y coger fuerzas para afrontar mis últimos días fuera de casa. Tras una parada de media hora para el merecido descanso del conductor, el autobús quemó los últimos kilómetros que le separaban de la ciudad. Y por fin, a los pocos minutos de coger la salida que nos hacia abandonar la autopista, pude ver por la ventana la Estación de la Delicias, lugar donde se realizaba la última parada. Una vez en tierra firme, recupere mis equipaje y corrí hacia un lavabo cercano para evacuar de mi organismo todas las mariconadas de chocolate que me había metido durante el camino. Seguidamente me dispuse a llamar por teléfono a mis compañeros que, en teoría, se aproximaban en coche a la ciudad provenientes de Barcelona. Tenía que encontrarme con ellos en algún punto céntrico con la idea de partir lo antes posible hacia Daroca, pueblo de origen medieval donde tenía lugar el torneo, ya que esa misma tarde iba a tener lugar nuestro gran debut futbolístico. Me dijeron que todavía iban a tardar un par de horas en llegar así que me cargué de nuevo la mochila a la espalda y decidí iniciar mi última peregrinación. Había un largo trecho entre las Delicias y el centro de la ciudad, pero no tenía ninguna prisa. Paso a paso, fui deslizándome por el entramado urbano entre ruido de coches, tiendas de electrodomésticos y grasientos kebabs, haciendo memoria de todo lo vivido en mi aventura veraniega. Desde Inogés hasta ahora habían sucedido infinidad de cosas. Las emociones me embargaban, los recuerdos de Granada asaltaban con intensidad y viveza mi mente y me transportaban de nuevo a aquella bella ciudad. Era como si todavía estuviese sentado en aquella terraza clandestina con vistas a la majestuosa Alhambra, como si estuviera todavía paseando por las coquetas calles del Sacromonte o como si me encontrara saboreando una fresca cervecita junto a mis compañeros de viaje en un bar de tapas del Albaicín. Volví a percibir por unos momentos la sensación de calma y sosiego que me iluminó cuando me encontraba tumbado al sol del crepúsculo en las paradisíacas playas de San José, compartiendo palabras e instantes inolvidables junto a Che y Piquero. O dentro de aquella taberna del centro de Málaga, degustando marisco y brindando con Maki y Mixu por nuestras vidas al frescor de una copa de vino blanco y de un sinfín de cómplices y sinceras miradas. ¡Qué lejos quedaba aquella noche de Inogés! En la que Radu no daba un duro por mí y acabó besándome los pies, con un cubata en la mano, bailando al son del Mago de Oz y rindiéndose a la evidencia que le supuso comprender que la fe mueve montañas. En el mundo todavía queda algo de magia amigos…Solo hay que querer encontrarla… Absorto en mis pensamientos, habiendo perdido la noción del tiempo y tras dejar atrás una pequeña plaza de toros, me di de bruces con una inmensa bocacalle llena de gente y de soleadas terrazas. En el margen izquierdo se levantaba imponente y grandiosa una antigua catedral gótica que concebí, tras una especie de revelación perceptiva, como el destino último de mi viaje. La Basílica del Pilar se alzaba solemne ante mí, bañada su entrada por una luminosidad casi celestial parecía invitarme a cruzar su herrumbroso umbral, penetrar al través de la velada puerta que separaba el mundo ordinario del mundo imperecedero y luminoso. En ese momento me inundó una calma y un sosiego fuera de lo normal, mientras avanzaba hacia el edificio sagrado mi mente se inundaba de recuerdos y de sensaciones, nuevamente tomaba posesión de mi aquella sensación de conexión con el mundo etéreo, con el universo invisible que está presente aquí y ahora, escondido en cada momento de nuestras vidas. Ese era Yo, intuí por un instante, ligeramente, el secreto de la eterna felicidad, el porqué de las cosas y el porqué de mi existencia. Sentí la obligación de entrar en la iglesia y dedicarle unos segundos de contemplación a la virgen, de inundarme de su mágico poder, atesorado por el paso del tiempo y la fe de la gente. Seguidamente, tras este acto religioso, al salir de la Basílica, percibí el final de una corta aunque importante etapa de mi vida. Aunque solo fuera por unos segundos, aunque solo se tratara de una tenue impresión, me había logrado sentir, a lo largo del camino, dueño de mis propios pasos. Logré eliminar de mi alma toda preocupación, toda resistencia mental a la vida. En mi espalda llevaba lo único que necesitaba para vivir y extrañamente solo me suponía una ligera carga. Solo Yo decidía, solo Yo determinaba mi circunstancia. Y creaba a mi alrededor un halo de positividad, un espacio mágico en el que todo estaba conectado con todo, un universo dónde todo era posible y donde cualquier problema, cualquier dificultad, cualquier obstáculo se transformaba inmediatamente en una oportunidad para cambiar, en un momento para el crecimiento y el conocimiento de uno mismo y del Otro. Me quedo con todas estas sensaciones y con la huella dejada por la experiencia que supuso para mi todo este viaje. Ahora empezaba una aventura diferente, nuevos compañeros, nuevas situaciones, nuevas emociones…Dejaría la mochila descansando en un hogar improvisado, me movería en coche, me dejaría llevar por los requerimientos de mi alrededor, pero teniendo siempre presente la necesaria idea de enfrentarme a mi nueva vida con las mismas ganas y con la misma apertura de mente que había tenido hasta entonces. El viaje me lo había enseñado, quizás de esta manera continuaría mi camino… Lo único que me quedó por hacer cuando salí de la iglesia fue tumbarme en un banco bajo el intenso sol del mediodía maño, apoyar la cabeza sobre mi maltratada mochila, abrir el libro que me había acompañado a lo largo de aquellos intensos días y esperar la llegada de mis nuevos compañeros. La historia de la aventura que a partir de aquel momento empezaba la contaré, quizás, otro día. Ahora, recuerdos, sueños y pensamientos…
Enric Segura Núñez Valldoreix, a 31 de Agosto de 2007
|
|---|